miércoles, 17 de diciembre de 2014

Ángeles que no se pierden

Hace dos días acompañé a Silvina, una española que vino a pasar sus vacaciones a Costa Rica, a su hostel. Ya estaba oscureciendo.  Nos quedamos tomando unos licuados con las frutas “nuevas” que hay por acá y en compañía de los también nuevos amigos que voy conociendo. Terminamos tarde y por curiosidad, algo que me caracteriza, probé un nuevo camino de regreso a mi casa.  La noche ya era cerrada y no había muchas luces.
Subí un par de cuadras y doblé por una calle amplia de la que se desprendían varios calles. Caminé varios metros, seguí otras “cuadras” más, doblé nuevamente a la derecha por otra calle pensando que me llevaría a una bajada hacia mi casa.  Pero no. Era una cuadra que no tenía salida, entonces, volví atrás y seguí en un camino que hacía un giro.  Quise deshacer mi camino y volver por el camino principal pero me marié.  Volví atrás y cambié de calle para saber si esa me llevaba. Tampoco. Nada. Silencio. Grillos (de verdad que escuché un cri cri). Otra aclaración: nací sin sentido de la orientación, sin GPS, vine así, fallada. Soy de las que salen del ascensor de un edificio y se van para el lado contrario. Hace años me perdí en MDQ con mi abuela Tita volviendo del club a la que era mi casa de veraneo. Nadie podía creer.  Me lo acuerdo como si fuera hoy.  Tendría unos 11 años.

En los sitios alejados y que no conozco bien, me hago un camino con recordatorios visuales para no perderme y cada vez que tengo que ir a ese lugar, repito el mismo camino.  Ya entendieron.  Imaginen: noche cerrada, sin postes de luz, en un lugar desconocido, con calles de tierra sin formas definidas y probando espacios que ni siquiera había visto de día.

Vale aclarara también que esta zona está un poco más alejada de la playa y de los comercios, no es transitada ya que está ubicada más arriba en el cerro y sólo van los pocos que viven o se hospedan por ahí. Bueno, ahí estaba, pensando “que tonta, cómo se te ocurre venir de noche por este camino nuevo, si ya sabés que te perdés en tu propio barrio, dale, ¿qué te haces la aventurera a los 4 días de haber llegado?” y toda la sarta de miedos de encontrarme con algún bicho raro tipo lagartijas o toparme con alguien salido de los matorrales.  Como si hubiera alguien esperando a que una turista recién llegada se perdiera, pero bueno, las mujeres saben de los que les hablo. Cuando arrancas a maquinar con los miedos, te imaginas cosas insólitas. Frené. Respiré hondo y me calmé. “Voy a llegar, no estoy tan lejos” sentía.  
Apenas doblé por la calle que parecía ser el retorno al camino principal, veo una señora paseando a un perrito. Un Jack Rusell muy parecido a Hugo de mi prima Anita.  Me acerqué y como tenía pinta de gringa, le dije “Hello, l m lost”. Y me reí. Y se rió. Listo. Ya estaba tranquila. Le expliqué mi situación y ofreció su ayuda.

Para darles una idea de lo groso que es mi ángel de la guarda, se llama Alejandro (a los que aún no le han puesto nombre, les sugiero que lo hagan) fue tan pero tan efectivo que me mandó a esta señora que resulta que había vivido en el mismo condominio donde ahora vivo yo. Increíble. Justo estaba paseando a su perro. Mi "salvadora" en realidad era de Sudáfrica y vive acá desde hace un par de años. Charlamos de qué hacíamos en Tamarindo hasta que llegamos a la puerta de mi querido Villa Verde II.  Feliz, le agradecí en varios idiomas y ella me retrucó con un español bastante decente: “Igual tenía que pasear a mi perro. Está bien”. 

Gracias Alejandro, te pasaste. 
Esta langosta con patas afiladas formó parte de mis miedos. Acá la sostiene, Francisco, uno de los guardias de seguridad de  casa. 

2 comentarios:

  1. Tere, que lindo...grande Alejandro! Segui escribiendo que nos haces viajar con vos, besos Nani (sale como unanavidadparatodos ja)

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  2. Gracias Nani !!!! Seguimos viajando juntas. besos.

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