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A la par

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           Llegué a Costa Rica el 10 de diciembre del 2014 para hacer una experiencia de seis meses. Estaba  llena de prejuicios, miedos, estructuras mentales y modos de hacer ciertas cosas. En este año y 10 meses, me volví a conocer. La naturaleza, el lugar, las personas que conocí y mi constante necesidad de reflexión, cambiaron mi destino.  A fines de septiembre, en 40 días, me voy unos meses a Grecia y a conocer a la familia de mi novio, Dimitri. La idea es tomarnos unas vacaciones y viajar por allí. Creo que todo llega cuando uno está listo. En mi caso, conocí a Dimitri cuando ya había renunciado a la idea de encontrarme con alguien en un lugar tan de paso, como es Tamarindo.  El 14 de enero de este año me metí al mar y no fue igual que siempre.  Fue una inmersión. Agradecí todo lo que este paraíso me había regalado: amigos, trabajo y una nueva forma de ver la vida. Y lo más importante, dejé ahí en el mar mis ganas d...

Niga, la gatita derriba prejuicios

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     Desde chicas pensé que no me gustaban los gatos. No fue a partir de ninguna mala experiencia; simplemente, me convencí de que no eran de mi agrado. Me inspiraban desconfianza y miedo. Y repetía y me repetía: “No me gustan”. Y me encantaba jactarme de que prefería a los perros. Como si unos fueran mejores que los otros, casi como pronunciarse a favor de un equipo de fútbol.      Cuando empecé a trabajar en la oficina del Hotel Capitán Suizo aquí en Tamarindo, me encontré con varios animales, entre ellos los no tan queridos gatos. En las reuniones de equipo, siempre se colaba uno, Pinto, que se acercaba a mí.  Frotaba su cuerpo contra mi pierna o se subía al sofá y caminaba por atrás de mí. Yo trataba de disimular pero la realidad es que me generaba rechazo. A medida que pasaban las reuniones me fui acostumbrando y pasó a “no molestarme”.  En el hotel adoptaron a tres hermanitos bebés de color naranja con los que empecé a generar otro tip...

Sin filtros

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            El jueves pasado fui a cenar a la casa de unos amigos, Harry y Mary Lee. Harry es irlandés y su mujer, Mary Lee, canadiense. Entre copas nos pusimos a hablar sobre cómo Playa Tamarindo había afectado la vida de cada uno. Y así salió el tema de los filtros.  La realidad es que una vez que llegué acá me di cuenta de la cantidad de filtros que rodeaban mi cabeza y mi corazón. A medida que el calor te hace desprenderte de la ropa, zapatos cerrados, peinados y demás arreglos, también te vas desprendiendo de parámetros mentales con los que vivías y te sentías seguro. Es como si la playa obligara a sacarte aquello que no va con uno y poco a poco, va descubriendo su esencia que quizás estaba escondida debajo de tantas capas de celofán.  Para peor, ese celofán no sólo tapaba aspectos de la personalidad del que lo lleva sino que también nubla la vista para ver a los demás, tal como son. Es raro de explicar pero ...

Pura Vida y Let it be

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Hoy me puse a pensar que pura vida puede también traducirse como "let it be", "soltar" y "seize the day". Mi forma de ser me lleva a querer controlar, saber, deducir,  anticiparme y estar en todo. Una fiaca.  Lo sé... Pero  también sé que las cosas pasan por y para algo. Haber caído en el país de la pura vida no fue casual. Tamarindo me está enseñando a dejar que Dios, el destino, la Energía, o como cada uno lo llame, haga su trabajo sin intervenir.  Es todo un aprendizaje, una práctica, una filosofía de vida.   Soltar también es dejar que las cosas tomen su curso sin querer moverlas a mi antojo. Es dejar que las personas sigan su camino, salir de mi estructura para conocer otros estilos de vida, es saborear el presente sin pensar en mañana y es jugarmela por lo que quiero. Ojalá esta filosofía me acompañe siempre y en todo lugar. Practicar yoga casi todos los días me ayuda mucho a vivir el presente y a no abrumarm...

Recalculando

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En estos dos meses pasó de todo. Me fui a Buenos Aires, Uruguay y volví a Costa Rica.  Desde que llegué sus abrazos contrarrestaron el intenso frío que me tocó. Fue raro estar de visita en mi propia ciudad. Al principio me costó adaptarme. Primer día: 8 grados y llovía copiosamente.  Me quedé adentro de la casa de mis viejos. Abrigada, muy abrigada y mimada, muy mimada. Me hacía falta ese volver a ser hija, hermana y tía. Fue como cargar el tanque con Fangio Premium Mega Turbo. Durante las mañanas trabajaba para la Asociación de Desarrollo de Tamarindo en todo lo relacionado a gestión de contenidos y fondos y después tenía el resto del día libre para mí. Me di tiempo para charlas largas con mis amigas del alma, a las que conozco desde que usábamos trencitas y jugábamos a la soga en los recreos. Habían pasado 10 meses pero parecía que había pasado un solo día. En seguida conectamos. Las ídolas organizaron un viaje a Colonia del Sacramento, Uruguay. Comimos, recorrimos, reí...

Miedo a acostumbrarme

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      A medida que pasan los días y los meses, me voy haciendo mi rutina. A veces uno se va lejos de su país para huir de las rutinas y luego de un tiempo en un lugar diferente, termina cayendo en una nueva.  Es así, el hombre es un animal de costumbres. Poco a poco voy encontrando mi lugar, mis tiempos, mis espacios, mis amigos y ese Tamarindo al que llegué el 10 de diciembre ya no me resulta tan extraño.              En los últimos dos meses, me dediqué  muy fuerte a mi trabajo y perdí un poco la conciencia acerca de las muchas razones por las que vine acá. Una de ellas es justamente tratar de mejorar el balance entre vida laboral y vida personal/social/espiritual. Y al principio fue así pero luego, y sobre todo, desde que tengo este trabajo en la Asociación de Desarrollo, ese balance se fue perdiendo y pasaba varias horas fuera de casa. Muchas reuniones, marchas (si, una marcha por el reclamo de agua), eventos, ...

Menos siempre es más

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   El otro día me puse a pensar en las diferencias que hay entre vivir en una ciudad y en un pueblo. Una de las más llamativas es cómo uno se adapta a vivir más despojado. Desde que llegué a Tamarindo, este pequeño pueblo sobre el mar Pacífico al norte de Costa Rica hace ya 8 meses, mis pertenecías entran en dos valijas, ah… y un carry on. En serio, en este tipo de pueblos donde hace calor todo el año, uno se viste con pocas ropa, informal y relajada. Y no se necesita mucho más.    Me acuerdo que una amiga en Buenos Aires me preguntó antes de venir cómo iba a hacer con mi ropa y mis cosas. “Me imagino que te vas a llevar todo tu ropero, ¿no?” me decía mirándome con preocupación. Y la verdad es que no. Traje poco y luego mamá me trajo un par de vestidos más útiles para sortear el calor tropical. Y así vivo. Feliz.  En Buenos Aires necesitaba más. Allá uno está más pendiente de la moda, de las publicidades y del entorno. Y quieras o no te influye. Acá no ll...