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Miedo a acostumbrarme

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      A medida que pasan los días y los meses, me voy haciendo mi rutina. A veces uno se va lejos de su país para huir de las rutinas y luego de un tiempo en un lugar diferente, termina cayendo en una nueva.  Es así, el hombre es un animal de costumbres. Poco a poco voy encontrando mi lugar, mis tiempos, mis espacios, mis amigos y ese Tamarindo al que llegué el 10 de diciembre ya no me resulta tan extraño.              En los últimos dos meses, me dediqué  muy fuerte a mi trabajo y perdí un poco la conciencia acerca de las muchas razones por las que vine acá. Una de ellas es justamente tratar de mejorar el balance entre vida laboral y vida personal/social/espiritual. Y al principio fue así pero luego, y sobre todo, desde que tengo este trabajo en la Asociación de Desarrollo, ese balance se fue perdiendo y pasaba varias horas fuera de casa. Muchas reuniones, marchas (si, una marcha por el reclamo de agua), eventos, ...

Menos siempre es más

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   El otro día me puse a pensar en las diferencias que hay entre vivir en una ciudad y en un pueblo. Una de las más llamativas es cómo uno se adapta a vivir más despojado. Desde que llegué a Tamarindo, este pequeño pueblo sobre el mar Pacífico al norte de Costa Rica hace ya 8 meses, mis pertenecías entran en dos valijas, ah… y un carry on. En serio, en este tipo de pueblos donde hace calor todo el año, uno se viste con pocas ropa, informal y relajada. Y no se necesita mucho más.    Me acuerdo que una amiga en Buenos Aires me preguntó antes de venir cómo iba a hacer con mi ropa y mis cosas. “Me imagino que te vas a llevar todo tu ropero, ¿no?” me decía mirándome con preocupación. Y la verdad es que no. Traje poco y luego mamá me trajo un par de vestidos más útiles para sortear el calor tropical. Y así vivo. Feliz.  En Buenos Aires necesitaba más. Allá uno está más pendiente de la moda, de las publicidades y del entorno. Y quieras o no te influye. Acá no ll...

Festejar las primeras veces

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Mañana es mi cumpleaños y se cumplen 6 meses desde que me fui de Buenos Aires. Les cuento algo que me pasó recién y que impulsó la escritura de esta nota. Hoy volviendo a mi casa vi a un perro con correa que parecía perdido, estaba solo y a medio metro de la puerta de casa. No había nadie cerca y el perro iba de lado a lado, sin rumbo. Lo tomé de la correa y por suerte tenía chapa con su nombre y teléfono de sus dueños. Los llamé. Felices me pidieron que esperara que no se tardarían en buscarlo.  Pasó casi una hora y lo cuidé en él en el jardín de mi casa. Tenía un olor horrible y estaba asustado. Pobrecito. Le di agua. Lo vinieron a buscar hace un rato, el perrito movía la cola encantado. Ahí me di cuenta que me pasaron muchas cosas nuevas  Lo que más me gusta de este cumpleaños es festejar que fueron 6 meses de hacer muchas cosas por primera vez. Agradezco a la vida por: -  Enseñar español en una escuela con alumnos de Suiza, Alemania, Francia y USA -  Ayudar ...

Miscelánea

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Voy a escribir esta entrada como salga, sin planear, sin revisar y sin controlar. En estos últimos días estuve pensando varias cosas. Uno: Me encantaría poder lograr tal vida interior que los acontecimientos externos, positivos y negativos, alegres y tristes, no me afecten en demasía. Ejemplo: el martes tuve una excelente salida, el miércoles estaba feliz y se notaba. ¿Por qué esperar a esos momentos para ser feliz? Quiero ser feliz ahora, sean cuales sean mis circunstancias. Dos:   Qué fácil y rápido que juzgamos a la gente. Qué incómodo es vivir con estereotipos rígidos. Te condicionan. En mi trabajo nuevo estoy conociendo gente de otros países y haciendo tareas nuevas.  En sólo un mes me he llevado gratas sorpresas.  Aprendí a no juzgar de antemano. A ponerte el lugar del otro. Tres: Uno atrae lo que piensa. Y esto no es “zen bullshit”. Es así. Por lo menos a mí me ocurre. Mientras daba clases en Wayra, ayudaba a una ONG que trabaja para el bienestar...

Intensidad argentica

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Pasó un mes desde mi último posteo. Y pasó de todo. Mamá, Clara y Maggie vinieron a visitarme. También dejé mi puesto de profesora en Wayra y ahora enfrento nuevos desafíos. Todo muy intenso como suele ser por acá, en Costa Rica.  No me voy a olvidar ese primer abrazo que nos dimos apenas nos vimos.  Fuerte y largo.  Sonrisas, apretujones y lágrimas. Todo al mismo tiempo. El equipo femenino de las Okecki - sólo faltaba mi cuñada Pía- estaba de nuevo reunido después de varios meses. Pasamos una semana espectacular. Conocieron mi nueva vida: mi casa, las playas que más me gustan -hacíamos dos por día- mis amigos, mis vecinos, donde hago las compras, las calles que recorro todos los días, la comida tica y hasta pudieron ir al hotel donde queda mi nueva oficina, Capitán Suizo. También las pude llevar a un evento de la ONG SalveMonos que contó con uno de los mejores pianistas ticos, Carlos Obregón. Otro día, viajamos a conocer el Volcán Arenal, nos quedamos a dormir en un...

Agradecida

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Hoy se cumplen 4 meses desde que llegué a Tamarindo.  ¿Mucho, poco? ¿Quién sabe? Es difícil medir el tiempo.                Ayer una amiga argentina que vive en San José, y viene a Tamarindo cada tanto, me dijo que me veía muy asentada. Me dejó pensando. Es verdad que estoy más habituada a ciertas cosas de este lugar. Poco a poco me estoy acostumbrando al calor aunque abril y mayo son los peores meses. Además, me estoy adaptando a la comida, a las calles de tierra y al polvo que vuela cuando se levanta el viento o pasa un auto. Lo más importante: ya tengo un muy buen grupo de amigos. Por otra parte, todavía siento que me falta mucho por vivir,  cuatro meses es poco pero si analizo todo lo que viví y experimenté siento que pasó mucho más.                Hace un par de días me enteré que me aceptaron en un nuevo trabajo. Una vez que m...

Bien equivocada

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hace unos días nos fuimos con Agus a Playa Langosta. Es cerca de Tamarindo. Mucho más tranquila y alejada de los turistas. Luego de una larga caminata nos quedamos en un lugar que tenía seis sombrillas de paja y reposeras de mimbre. Un verdadero lujo para nuestro día libre. Una vez que el sol se escondió, se puso bastante oscuro y teníamos que regresar a casa. Por suerte, algunas estrellas iluminaban nuestro camino. Para llegar al otro lado de la playa hay un estero cuyo caudal de agua fluctúa según la marea. En ese momento el agua nos llegaba a la cintura. Nos armamos de coraje, levantamos nuestros bolsos y poco a poco nos adentramos en el estero. El agua estaba fría y no se veía nada. Por adentro Agus rezaba para que no hubiera cocodrilos ni manta rayas.  En eso, me frena una gran piedra. Me tambaleo pero no me caigo. Un poco incómoda sigo cruzando hasta salir del agua. Una vez que estoy afuera miro mis rodillas y estaban con sangre. El golpe incluyo raspaduras. Me limpio un p...